viernes, 30 de abril de 2010

Estadísticas

La estadística sirve para cubrir la dimensión humana. Así que cuando se dice que el paro afecta al 20% de la población activa, estamos visualizando una tabla de números que nos preocupa, pero que no llegamos a sentir en toda su dimensión.

Pero cuando empleamos otra forma de contar las cosas, esas mismas cifras son ya más que terribles. Se acaban los adjetivos si se piensa que de cada cinco personas, gente, hombres y mujeres que pasan por la calle, hay una, que no puede trabajar.

Tal vez, la mejor estadística es pensar que en nuestro entorno, en la gente que conocemos, de cada cinco hay uno que no trabaja. Sé lo poco científico de este método, pero me parece más cercano.

Hace unos años, me pidieron un artículo sobre el paro. En aquellos años había un debate sobre la veracidad de las cifras porque eran tan altas que parecían imposibles de soportar. Me límite entonces a dar las cifras oficiales. Y a pedir a la gente, a los lectores, que miraran a su alrededor y contaran cuánta gente estaba en paro.

A juzgar por los comentarios recibidos, fue un buen método, poco científico, pero exacto. Porque, al final, lo que nos importa del paro es cómo afecta a nuestros amigos, a nuestros conocidos. A esa persona que hace años que no vemos y que, de pronto, nos llama sólo para preguntarnos si sabemos de algo.

Hay otras estadísticas paralelas. Por ejemplo, las que escuché no hace mucho en una televisión. La crisis ha hecho aumentar los beneficios a las grandes fortunas, a las grandes empresas. Los ricos son más ricos. Pero no reparten.

Hay grandes empresas, entidades financieras, que han dispuesto de ayudas oficiales en la crisis, dinero de los contribuyentes. Ahora ganan dinero, pero no reparten. Ni lo hicieron entonces, antes de la crisis, cuando el dinero entraba a espuertas, ni lo hacen ahora, cuando vuelve a entrar el dinero en sus bolsillos.

Y, mientras, 4.612.700 parados. Gente que espera sin esperanza lo que sea, cualquier cosa. Un día van a saltar a la calle y nada detendrá sus gritos.

martes, 27 de abril de 2010

Nunca se dice adiós

Nunca se dice adiós. Por mucho que se diga,
decir adiós es lo último que importa.
Porque en esos instantes,
el corazón no está para alegrías.
Así que, normalmente,
no hay palabras que valgan cuando ella,
o él nos abandonan.

Ni siquiera una copa que nos salve
del momento en que todo se derrumba.
Tal vez sea porque siempre
pensamos que no reza con nosotros
ninguna regla escrita. O no hay reglas
que puedan ordenar
los besos y los nombres.

No sé cómo explicarte lo que ocurre.
Pero nunca,
cuando estaba seguro,
de que estaba asistiendo
a la derrota más última del tiempo
jamás se me ha ocurrido
decir: “adiós, mi amor. Aquí se acaba todo”.
Nunca lo dije porque siempre he pensado
que tú misma volverías cualquier tarde.

(Ya sabes. Soy
un temible optimista.
Y eso que han pasado,
a lo tonto más de veintitrés años,
que se dice pronto)

viernes, 23 de abril de 2010

Taty

Tuve ayer la suerte de compartir mesa y mantel con Taty, de las Madres de la Plaza de Mayo. Fue una comida que para mí será inolvidable. Me sorprendió su vitalidad, su alegría, la fuerza con la que me hablaba, su curiosidad sin límites. Porque Taty quería, sobre todo, saber.

Me preguntó por nuestra dictadura, por cómo se había sobrevivido en la España de la posguerra, por nuestros desaparecidos. Ella habló de la satisfacción que le había producido la sentencia de 25 años de prisión al dictador argentino Reynaldo Bignone, el último presidente de la dictadura.

Me explicó su lucha, cómo, al principio, eran sólo madres que querían saber algo de sus hijos, y cómo de aquella búsqueda ha surgido lo que es hoy, un movimiento solidario, de defensa de los derechos humanos. Taty, la madre de la Plaza de Mayo, es abuela ya. Tiene un hijo en España, nietos en España. había venido precisamente a presentar un libro de poemas de su hijo desaparecido.

Yo pensaba en esas mujeres que, hace treinta años, se echaron a la calle para preguntar por sus hijos, para saber de sus hijos. De su dolor y de su esperanza.

Pensaba en nuestros desaparecidos, en nuestros olvidados. En tantos y tantos torturadores y cómplices del franquismo que nunca fueron ni serán juzgados. Que pasearon, aún en la democracia, su impudencia, sus crímenes y su chulería, ante sus víctimas.

Y pensaba que no podía explicar a Taty por qué, todavía siguen las fosas cerradas y olvidadas. No podía explicarle por qué hombres y mujeres no pueden enterrar dignamente a sus padres, a sus familiares.

Me habló de que había estado con Emilio Silva. Le conté que había sido el primero en buscar a su abuelo. El origen de todo un movimiento ya imparable. Le dije que hace años, cuando nadie hablaba de estas cosas, Emilio Silva, ya iba por las redacciones buscando apoyo de los medios de comunicación, ya iba buscando tumbas olvidada.

Pero no pude explicarle a Taty por qué, todavía, en España nunca se había juzgado a gente como Reynaldo Bignone. No supe decirle por qué, todavía, hay tumbas que nunca serán abiertas, hay cuerpos que no descansan en paz. Que no tienen sobre su tumba las flores de sus seres queridos.

jueves, 22 de abril de 2010

De velos y religiones

Podéis leer nuevo artículo sobre la prohibición de asistir a clase con pañuelo en www.diarioabierto.es.

lunes, 19 de abril de 2010

Es bastante

Olvido algunas cosas.
Olvido, por ejemplo, algunos nombres.
Muchos odios. Palabras
que no debí decir.
Incluso de ti misma he olvidado
instantes que pensé siempre estarían
sangrando en mi memoria.

Pero nunca olvidé la forma en que me hacías
el amor. Ni tampoco tu rostro en el momento
en que morías
agarrada a mi carne.

Siempre quedan,
a pesar de los días olvidados,
unos ojos perdidos en la nada,
un jadeo animal y un rostro único
que sólo en un segundo se convierte
en toda la razón de la existencia.

Es eso lo que queda
de todo amor eterno. Y es bastante.
O es lo que quisiera que quedara
cuando intento
acordarme de un cuerpo
que tal vez nunca fuera de mis manos.

lunes, 12 de abril de 2010

El infierno

Si volvieras un día
hasta el viejo café donde me amaste
y me hablaras de entonces y pudiera
revivir otra vez pasión y besos,
no sé si sabría qué decirte.
Tal vez te buscaría por los labios
las promesas que nunca hemos cumplido,
o sólo el viejo roce
de tu piel cuarteada cuando era
el amor una piel, aquellos dedos
que hurgaban en mi pecho rebuscando
el futuro que yo no supe darte.

Yo no sé si volvieras. Estarías
tan guapa como entonces y tan triste.
Y yo me llevaría entre las manos
el recuerdo de ti. Esa dulzura
que rompía mi corazón en mil pedazos
y me dejaba el cuerpo
borracho de tu olor. Y no sabría
qué decirte si volvieras.

El silencio, mi amor, es el castigo
de los viejos amantes. Y por eso
yo vivo en este infierno
desde hace veinte años,
tres meses y diez días.

jueves, 8 de abril de 2010

Elsacaleches

Bueno. No sé cómo deciros. De él os hablé ya en otra entrada con motivo de su última novela. Se trata de Pascual García y su blog elsacaleches.com

Una verdadera delicia. Un sacaleches, lleno de leche sabia, nada agria, pero fuerte. Sólo para paladares exquisitos. Pascual García analiza la actualidad, la viste de relato, de humor, de una ironía que desgarra y que te hace ver la vida de otra manera.

Es como, si al salir de casa, te encontraras, de pronto, un destello de luz que te hiciera pensar: "Esto es la hostia, algo va a pasar". Y pasa porque en elsacaleches vas a encontrar que la vida es un cúmulo de disparates, de grandezas y bajezas, de historias alucinantes, de personajes malditos que te guían con ternura y humor y te ayudan a sortear las putadas diarias entre risas, carcajadas y sonrisas. Y, sobre todo, con reflexión.

Yo os aconsejo que no dejéis de leerlo. Me lo vais a agradecer. De nada.

miércoles, 7 de abril de 2010

lunes, 5 de abril de 2010

No merece la pena cambiar nada

Si pudiera, sin duda, cambiaría algunas cosas.
Palabras que no dije, por ejemplo, o las miradas
que no supe dejar en tus caderas. Cambiaría
tantas noches perdidas y los días más tristes,
los relojes que marcaban el fin de tus abrazos.

Cambiaría, sin duda, la forma en que te amaba.
El deseo de ti que me nublaba el pensamiento.
El odio que ha quedado entre tus labios,
esta ausencia maldita después de tantos años,
los encuentros furtivos y todos los recuerdos.

Si pudiera cambiar, yo cambiaría hasta el olvido.
Dejaría que todo se perdiera en los viejos cafés,
en los hoteles donde tantas veces desnudamos
los cuerpos y vestimos nuestras almas
con el traje culpable de los remordimientos.

Mas no te cambiaría, estoy seguro,
por estas noches sin ti,
cuando te vas borrando,
inevitable y cruel, de mi memoria.
Prefiero los errores a tu ausencia.