Me atrapan las esquinas y el asfalto,
el ruido de la calle y en el metro
sigue la misma suerte hecha pedazos.
El viejo olor de bares. Una nube
corre limpia, despacio, por el cielo.
Acaricio la vieja cicatriz de tu recuerdo.
Madrid se hace pequeño en la mañana.
Me roza con sus dedos de gasóleo.
Me susurra algún nombre ya olvidado.
Es todo diferente. Y, sin embargo,
el alma de Madrid se despereza
en la risa del niño que un día fuimos.
Sé que no hay caminos que podamos
reclamar como nuestros. Todos tienen
un final conocido entre tus pechos.
El día que comienza es un cigarro
que se consume lento como un beso.
Madrid, final de todo. Mi comienzo.
