Ni tú ni yo fuimos nunca como ellos.
Nuestras almas
sabían de los lunes,
del precio de la ira,
y de esa libertad que nunca conocimos.
Sabíamos de viejas dictaduras,
del silencio en la calle y en la cama
y de los besos sucios.
Y de las noches tristes, los domingos
sin cines, de las tardes
de fútbol como única esperanza.
Éramos los hijos
de la derrota. Condenados
a la noche más triste. Niños pobres
sin panes. Mas teníamos
la calle para andar y la esperanza
de otro mundo que andaba
por esquinas, por plazas y por libros.
Nos amábamos
en sucios callejones, pero eran
los abrazos el ansía de sabernos
distintos a la noche
que todo lo envolvía y nos dejaba
el corazón abierto y tiritando.
Porque nosotros amor, teníamos el sueño.
La verdad en las manos.
Un horizonte rojo. El enemigo
perfectamente claro. Nada había
que pudiera romper el espinazo
de una vida clavada
en el vino del olvido y de la vida.
No fuimos como ellos. Y por eso
se me rompe el corazón cuando los miro,
cuando veo sus rostros
que pasan por mi lado, que comparten
el camino hacia casa,
cuando busco su mirada
y están tristes.
Y me muero por acercarme, por decirles
que vendrá la esperanza a emborracharnos,
que, más allá de amarguras y de miedos,
ellos son lo mejor del paraíso.
Aunque les roben todos los caminos,
y les rompan
la espalda, nunca podrán con ellos
mientras tengan las calles y las plazas
para matar a ese dios que les condena
al olvido de rosas y de estrellas.
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