lunes, 22 de junio de 2015

La Tía Juana La Crista


Fueron años terribles. Estaban los espejos
rotos. Y el hambre era un cuchillo
separando los huesos de la carne.
Un pueblo de miseria. Y el amargo
dolor de los vencidos.
Aquel año primero de la victoria infame,
la Tía Juana, la Crista, llevaba
rapado el pelo y en sus ojos, la rabia.

En su boca aún sentía el sabor del ricino.
Pero dicen que anduvo con la cabeza alta
cuando los falangistas, entre risas y cantos
la soltaron -tan sola- por las calles del pueblo.

La Tía Juana La Crista no soltó ni una lágrima.
Fue a su casa y lloró. Mas no por su cabello
al cero. O por la mierda que caía por sus piernas.
Lloró por aquel hijo
destrozado en el frente.
Por su cuerpo olvidado en una tierra extraña.

Lloró por la esperanza, por los sueños perdidos,
por los días de tristeza que notaba cercanos.
Por la tierra quemada y todas las tormentas
que ahora ya sentía
rebotando en la vieja cocina,
por la lumbre apagada y el puchero vacío.

En todas las ciudades ardían las banderas.
Y el terror se acostaba en las camas de España.
Y nada ya era todo. Era la triste historia
de un pueblo que ya era
un borrón en los libros, el recuerdo maldito
del dolor de las almas.
Por la gracia de Dios y en el cuello aquel yugo,
aquellas flecha de odio arañando el mañana.

La Tía Juana salía cada día a la calle
y mostraba orgullosa su cabeza desnuda.
No la miraba nadie.
Pero ella miraba más allá de los cerros
la tumba de su hijo perdido y tan lejano.

Dicen que una mañana cualquiera y muy temprano
tomó aquel viejo tren de hierro y carbonilla.
La Tía Juana, que nunca
había dejado el pueblo, llevaba una maleta
de cartón y en el pecho
un papel con el nombre de un lugar ignorado.

Nunca habló de su viaje. De las noches dormida
en las salas de espera de frías estaciones,
del barro y los caminos,
del hambre y de la angustia de paisajes extraños.
Ni si halló algún consuelo
en los brazos de alguien o si sólo fue el odio
lo que empujó su cuerpo y mantuvo encendida
la lumbre de su alma.

Cuando por fin volvió, traía la maleta
más pesada y más sucia. Y ella parecía
más cansada y más vieja.
Esa noche cubrió con la colcha más nueva
la cama de la alcoba. Y veló sobre ella
los huesos recobrados.
Y luego, de mañana, los llevó al cementerio.
Y enterró su dolor.
La Tía Juana, La Crista, la madre de mi padre,
nunca veréis su nombre en los libros de historia.
Pero aquí dejo escrita
su gesta más humana. Su grandeza y su nombre
que yo beso esta noche y guardo en mi memoria.

viernes, 8 de mayo de 2015

Vienes


Para ti que no sabes de mi vida
y vienes, sin embargo, cada noche,
te acuestas a mi lado, me golpeas
igual que los más negros demonios.
Y me hablas de los besos y los días,
los infinitos sueños de los otros.

Eres tú, lo mismo que los labios,
lo mismo que una voz que no me llama,
igual que las espigas de la tarde,
lo mismo que esos buques sin marinos,
igual que las palabras de los niños.
Igual que la promesa que se hace
tras el amor ya roto y triunfante.

Todo en ti es como una cucharada
de azúcar y de miedos cuando llega
la misma primavera y se nos cuela
en los bolsillos turbios y en el pecho.
Y sabe todo a sal. Tus manos tibias,
el pecho que respira, hasta el aliento
tiene el sabor marino de tu sexo,
el perdido animal entra contigo.

Para ti vayan hoy versos y risas,
la brisa de los campos y la nieve
más pura del invierno de tus ojos.
Vaya esta noche absurda, la tristeza
de caminar sin ti y para siempre.

Mas poemas

En el solar cercano,
refugio amable de gatos vagabundos,
han crecido las flores entre escombros,
hierros viejos, muebles abandonados.

Son restos de un pasado que imagino
feliz. La memoria del sofá desfondado,
de las tardes de invierno en otros brazos.
La lejana quietud de antiguos besos
y el vacío que dejan los recuerdos.

Son flores sin olor, humildes y pequeñas,
como si fueran trozos de vida sin historia.
Amapolas de sangre, margaritas,
malvas, cardos, avena loca, ingrávidos
dientes de león de suave aliento.

Es vida que nace sobre la vida muerta,
la vida breve que ahora se hace eterna
con el sol de este abril luminoso y dorado.
La vida -dios-, el mundo que entra como el fuego
en mi pecho y me llama a nuevas primaveras.

Nuevos poemas

Llueve. Gozosamente llueve. En los cristales
rebota la melancolía. Y por las calles corre
el recuerdo bendito de tu voz con la lluvia
que se rompe en la luz de las farolas.

Esta el mundo mojado por los besos
de estas gotas del agua y de la vida.
Vives en esta húmeda caricia, te me vienes
hasta mi corazón y duermes en mis párpados.

Tienes esa quietud que tiene el árbol
cuando cae por sus hojas la dulzura
de una lluvia de otoño y de nostalgia.
La nostalgia de ti tras las ventanas.

Y más allá, tan cerca que me duelen
tus huesos y tu abrazo, están los días
del alma en los bolsillos y en tu mano
amor, amor, amor que me quisiste.

Y ahora, mientras ahora cae la lluvia
como el sueño en los ojos de los niños,
me acuesto en esta cama de tu ausencia.
Y beso luego las letras de tu nombre,
aunque tu cuerpo descanse en otro cuerpo.

****************

Me vienes cuando se acaban los días.
Y está la soledad tras de la puerta
como un gato
que buscara el calor de los veranos.
Me salvas de la muerte que adivino,
de las hojas de otoño y de los miedos.

Yo no puedo jurarte amor eterno,
ni siquiera
un amor de una noche. Y sin embargo
añoro tus amores como añoran
los dedos a la piel. Y te deseo
como si fueras la carne de mis huesos.

Y ahora que ya es tarde para todo,
acudes y me besas la tristeza,
me desnudas de angustias y me vistes
con olores de lavanda.
Me rehaces la agenda del olvido,
me dibujas estrellas en el pecho,
y luego está tu boca que me llena
de risas los bolsillos.

Y aunque no estés conmigo
y aunque nunca
vayas a estar conmigo, niña amada,
siento el calor de tu vientre, el dulce aroma
de tu piel en mi boca. Y cada noche
enciendo un cigarrillo
y me acuesto abrazado a tu recuerdo.





*************

Y luego estaba el mundo. La tristeza
de una habitación deshabitada.
Estaba el hombre. Y ese puro instante
en que la vida misma se asomaba
como un sueño sin dios ni pesadillas.

Vivíamos sabiendo que las cosas
no tienen el final que uno desea.
La palabra y el viento conocido,
los años por el agua, cuando todo
es una fiesta inútil y perdida.

Devoramos los besos. Y las manos
buscaban los momentos mas intensos,
la pureza de una carne en la alta noche,
el deseo más limpio y primitivo,
las horas desatadas de los días.

Y cuan todo al fin fue cuerpo muerto
y vinieron a la puerta los temores,
entonces no supimos enfrentarnos
a la desesperación de haber perdido
el paraíso, la patria de la infancia.

*****************

Te quiero todo el día. A cada instante.
Cuando voy a por el pan y los periódicos.
Cuando fumo un cigarrillo
y abro la ventana
para que no huelas el humo del tabaco.

Te quiero todo el día. Por ejemplo
cuando entro en la farmacia, cuando
me corto el pelo o voy hasta el estanco
a renovar el bono de transporte.

Te quiero todo el día. Cuando leo
algún libro de versos o me compro
chocolate con leche. Y cuando vengo
con dos tres vinitos en el cuerpo.

También te quiero cuando
-pongamos que en el metro-
me encuentro a una muchacha que me mira
y sonríe por algo
que le dicen por teléfono.

Y te quiero también cuando camino
por calles y por plazas,
cuando entro en los bares,
incluso cuando piso alguna iglesia
y cuando tomo el vermú con los amigos.

Y te quiero en la cama y en la ducha,
cuando no dices nada, y hasta cuando
me aburres con historias o me dices
que mañana, sin falta,
hay que ir de compras.


Te quiero todo el día. Todo el día.
Pero he de confesarte, sin embargo,
que te quiero mucho más cuando regresas
de la peluquería y te miro y te digo:
estás tan guapa.


******

lunes, 6 de abril de 2015

A la manera de Don Antonio Machado. Y con todo respeto

Mi infancia es una escuela con olor a pobreza.
Un cura prometiendo del infierno el rigor.
Un padre derrotado y una madre que reza.
Y ropas heredadas del hermano mayor.

Amé y sufrí de amores como manda la vida.
Gocé cuerpos gloriosos que me dieron las noches
más hermosas. Y supe que en toda despedida
la añoranza es un viento que vence a los reproches.

De mis derrotas guardo la grandeza de haber
apostado al tablero donde el hombre sufría.
No es mejor la victoria si no puedes vencer
el miedo a los fracasos y al paso de los días.

Tengo algún enemigo que no me ha perdonado.
Y al que tampoco nunca yo he pedido perdón.
Siempre busqué en el hombre que camina a mi lado
el soplo que nos una a un mismo corazón.

Y ya no tengo nada que pueda llamar mío.
En mis hijos he puesto mi esperanza y futuro.
El pasado es historia y el presente es un río
que me arrastra a la nada, violento y oscuro.

He preferido siempre el calor de taberna
el vino del amigo y el verano en enero.
Y si puedo elegir, y aunque nunca sea eterna,
elijo la pasión de los amores fieros.

Sin mérito ninguno por mi parte, he tenido
la honradez de los pobres y el orgullo de ser
libre -libre hasta donde me dejaron-. No he sido
más que nadie. Ni tengo nada ya que perder.

jueves, 19 de febrero de 2015

Toda tú


Me llueves. Me deshaces. Como azúcar.
Me desnudas. Me vistes de suspiros.
Me besas por los puntos cardinales.
Me abrazas en los árboles del cielo.

Te sueño entre las nubes a las cinco
y a las siete me pierdo por tus ojos.
Te espero con la vida en los bolsillos.
Desayuno en la mañana de tus labios.

Me llamas. Me desarmas. Me recorres.
Me meneas las dudas y las manos.
Me santiguas en todas las esquinas.
Me asaltas las palabras y los nombres.

Te rebusco los huecos y las sombras.
Apuesto por tu cuerpo a luces plenas.
Te persigo por dentro de tu falda.
Me muero en tu sonrisa y en tu blusa.

Nos caemos los dos en el abismo
de la carne, tu sangre presentida.
Nos morimos los dos. Me resucitas.
Me matas a mordiscos. Nos vivimos.
Y si no, que venga dios y que lo vea.

Jóvenes poetas


Envidio a los jóvenes poetas.
No sé llamar a las cosas por su nombre.
Por eso no te hablo de fluidos,
ni a hacer el amor lo califico
como la cuarta acepción del diccionario.

Yo prefiero decir que muero y que me rompo,
que me subes al cielo, que en tus piernas
existe un río de nombres y de ángeles,
que tienes en tu pecho un universo
de lunas que me salvan de la noche.

Hoy envidio a los jóvenes poetas.
Pero no sé decirte que te quiero
con el lenguaje que tienen las tabernas.
Y qué vamos a hacerle, vida mía,
si prefiero Salinas a Bukoski.
si prefiero el alma de tu carne
a esa disección del cuerpo y de sus vísceras.
Y eso que las tuyas, me parecen
las flores de un edén en que me matas
para volver a vivir entre los ángeles.
Y tu cuerpo es la gloria de la tierra.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Si alguna vez

Si alguna vez, cuando el dolor te encuentre
y sientas en el pecho que la vida
es un empeño inútil, aquel sueño
que nos bebió la sangre y la alegría.

Si alguna vez, cuanto te sientas sola,
y busques en las lágrimas consuelo,
y te encuentres que siempre en el camino
hay alguien que nos rompe el corazón.

Si alguna vez, después de haber amado,
las noches se hacen viento y lluvia y frío,
y en la copa no quede más que el turbio
deseo de unos labios ya lejanos.

Si alguna vez el tedio y la tristeza,
como los ceniceros de una fiesta,
te ahogan la garganta y estás sola
en el peor momento de la noche.

Piensa, entonces, en mí. Y bebe lentamente
la añoranza lejana de los días pasados.
Yo abrazaré muy fuerte las letras de tu nombre
mientras duermes lejana. Y beso tu recuerdo.

domingo, 16 de noviembre de 2014

Esta noche también te echo de menos

Como todas las noches,
hoy te echo de menos.
Te escribo y te lo digo y tengo miedo.
El miedo de esta muerte, de esta vida,
la sensación terrible de que todo
está vencido
y no marcan la hora los relojes.
El miedo a que los días se me acaben,
de que no estés más allá de cuerpo y alma.

Esta tristeza amarga de los lunes,
esta angustia de no saber qué besos
habrá después de una boca que no es mía.
Y el miedo, el miedo siempre, el miedo siempre
a que no me despiertes de la noche,
A no tener tu cuerpo, como siempre,
a morirme sin ti sin yo saberlo.

Y tú lejos, y yo, tan sólo y sólo.
Y tú sin tú saberlo tan lejana,
La noche para no saber de tus palabras,
para no tener tu piel cuando no eras
esperanza ni vida, ni mordisco,
ni nada ya en la nada, ni siquiera
el verso que no sabe de medidas.

Mi vida tan pequeña, inútil vida
que jamás me dará sombras ni agua.
Mi vida para siempre, amor tan dulce
que nunca podrá entrar entre mis venas
buscando el corazón que te persigue.

Y esta noche de angustias y de miedos,
sin esperanza alguna que me salve,
sólo puedo decirte, que esta noche
como todas las noches,
amor, te echo de menos.

lunes, 3 de noviembre de 2014

Soñar con la lluvia

Maldita sea la noche. Maldito sea este cuerpo
caído en estos males y el cansancio
de la sangre y la amargura de estos días.
Y ese dolor de entonces recordado.
La voraz sensación de saberte perdida.

Malditas sean las noches de soledad y fiebre,
medicinas malditas y besos escondidos.
Y sea maldito el vómito y la angustia
y las dudas de una vida que se esconde
en las células enfermas de la carne.

Más qué importa el dolor, estos dolores,
el miedo hacia lo oscuro, el tiempo ido,
si estuviera tu voz junto a mi boca,
y tu piel estuviera entre mis dedos,
despertando el recuerdo de tus ojos.

Porque tú ya no estás. Ya nunca eres
el agua del verano, el dulce otoño,
la palabra sagrada que me salve
de todo purgatorio, de este infierno
que me acompaña ahora sin tu nombre.

Y por eso, tal vez como esperanza
perdida, yo te invoco en esta noche,
me someto a tus manos que me salven
y pueda yo soñar con tu recuerdo,
como sueña la tierra con la lluvia.

martes, 28 de octubre de 2014

¿Qué es amarte?

Amarte no es tener tu cuerpo al lado,
ni que tu carne me cubra hasta los huesos,
o que mi boca atraque en tu costado
o te coma a mordiscos y con besos.

Ni es que busque cosquillas en tu vientre
ni la risa debajo de tus pechos.
Tampoco es que te busque y que te encuentre
desnuda ni vestida por mi lecho.

Amarte es recibir de madrugada
mensajes que me dicen: vaya día.
Y tú, ¿qué tal? Y yo no diga nada.
Y que por una vez no sea sincero
Y no te diga que estuve con las ganas
de llamarte y decirte que te quiero.