El calor de la siesta y un pueblo de Castilla.
El recuerdo fugaz de algunos besos,
la carne acariciada,
cuando los cuerpos eran el misterio,
temblor inevitable, el sudor de la carne
que empapaba el alma y la camisa.
El olor de la era.
El sol rompiendo fiero las espaldas.
Tu cuerpo de muchacha que aún recuerdo.
Pecado venial en la arena del arroyo.
El frescor de las huertas. El ahogo
de tus labios de muchacha. Dulce miedo
a la piel que escocía
igual que el aguijón de las avispas.
Ese verano nuestro, esa tarde dulcemente derrotada,
cuando en ti me llegaban los amores
que habría de tener o
que soñaba
tener en los días que aún no aparecían
escritos en mis venas. Niña amada,
que nostalgia de ti, cuando los años
harían imposibles los abrazos
y la palabra amor y los deseos.
Mas ahora, en una siesta semejante,
con el olor del pasto seco y la frescura
del pozo que adivino junto al huerto,
es la imagen de ti lo que me llega,
lo que calma mi sed en el calor del día.
Te bendigo esta tarde y te conjuro,
pido a todos los dioses que te hayan
guardado la alegría, y salvado la risa,
los labios de muchacha que me dieron
todo el placer del mundo con un beso
fugaz, a penas suave roce en mi mejilla.
***