martes, 5 de febrero de 2008

El niño que cantaba

Hace tiempo, una mañana, muy temprano, en el tren que me traía a Madrid, en ese silencio del sueño y el bostezo, escuché a alguien cantar. Cantaba muy fuerte, chapurreando las palabras y un tanto desafinado. Busqué entre la gente. Y allí estaba.

Era un chaval de unos 14 años. Parecía tener el síndrome de Down. Sonreía feliz. Tenía en sus orejas dos auriculares y, de vez en cuando, cantaba a voz en grito alguna estrofa. Cantaba con pasión, sin dejar de sonreír. No recuerdo que canción era porque, además, era difícil identificarla. Sólo repetía algunas frases. Y sonreía.

En medio del vagón, entre gente silenciosa y aburrida, la voz del niño me pareció un canto de esperanza, de vida. Dejé de leer y todo el trayecto fui oyéndole, mirando su cara de felicidad. Coincidí con él alguna vez más y disfrute de su alegría, de su canto.

Entre las páginas del periódico, en medio de aquellas noticias de muerte, de las declaraciones huecas de los políticos, de los anuncios de compras imposibles, la canción de aquel muchacho era un soplo de aire, el recuerdo de que la felicidad tiene rostro y la vida puede hacerse canción desafinada.

Ahora, que por razones de trabajo, he dejado de coger aquel tren, recuerdo alguna mañana la voz de aquel niño y sonrío. La gente, a mi lado, me mira como si estuviera loco.

23 comentarios:

Rateta miracels dijo...

mi novio desafina más que quiere. pero le miras, y te transmite la misma felicidad que un niño cantando la canción que acaba de aprender en el colegio ese mismo día. Y entonces, no puedes dejar de sonreir y sentir una sensación agradable cada vez que le miras

Cecilia Alameda dijo...

Si nos mirásemos a la cara cuando vamos por la calle, si nos dedicáramos a oírnos y a sonreírnos, disfrutaríamos más de la vida. Pero cuando alguien se fija en otro pasajero del tren, cuando le pregunta por qué llora o por qué ríe, se arriesga a llevarse una mala contestación. No nos damos cuenta de cuánto nos podríamos ayudar si no fuéramos extraños entre nosotros, sino compañeros de trayecto. Tú sí lo has sido, pero es que tú eres un poeta.

Dorian Grey dijo...

Precioso. La vida es una canción desafinada en los oídos de un niño.

Isa dijo...

Yo llevo muchos años yendo a trabajar en tren y la verdad es que para mí acabó siendo una delicia. Coincides con las mismas personas todos los días, te acabas saludando. Recuerdo una anécdota: siempre coincidía con el mismo chico, y a veces nos sentábamos cerca. Un día, junto a nosotros se había sentado un hombre que estornudó de una manera muy escandalosa que nos hizo a reir a los dos, desde aquel día nos saludábamos. Creo que era profesor.
Ahora mi trayecto en tren es más corto, no salgo de Barcelona y la gente es distinta, va más estresada y no está para "hacer amigos", pero puedo dedicarme a mirarlos, a observar sus movimientos, a escuchar como hablan sin enterarme ni interesarme lo que dicen... ¡me encanta!

Paseando por tu nube dijo...

Que dulzura! cuánto desearía recuperar esa fresca y sincera alegría.
Un beso Rodolfo

CARMEN dijo...

La felicidad suele estar siempre en las pequeñas cosas. Uno puede ser feliz con tan poco, con el canto desafinado de un niño, con su sonrisa......
Un abrazo

Eva Galve dijo...

Me ha recordado al niño con síndrome de Down que salió en tines talento, bailando, imitando a Chayanne. Transmiten mucha alegría la verdad.

A mí también me mira la gente porque amenudo me sale una sonrisa.

Manuel Cuesta dijo...

Querido Rodolfo:

Una vez más me he emocionado leyendo otros de tus poemas, esta vez, éste narrativo. A veces, nos cuesta mucho deternos a escuchar los mejores sonidos que nos proporciona el mundo... El mío, el que más me conmueve en estos días difíciles, es la risa de mi hija Ana. Cuando se rie, noto como desde el fondo de mi estómago algo estalla y me invade, y a su vez, es el motor que me empuja a seguir adelante y no rendirme en las diversas luchas cotidianas a las que nos enfrentamos los adultos cada día.

Que te voy a contar a ti a estas alturas que tu ya no sepas, maestro.

Mar y Sol(a veces tenue y otras no) dijo...

Esos detalles que gracias a Dios nos llegan, son gotas de felicidad, flashes que nos hacen parar un momento y bajar de la vorágine en la que vivimos. Esas pequeñas cosas que por ahí miramos y escuchamos a diario pero sólo a veces podemos oirlas y verlas realmente con el corazón como debería ser siempre...
Un abrazo y un placer su visita por mi orilla.

Vero* dijo...

Yo también soy la típica que va en el metro o en el cercanías leyendo y, de pronto, un recuerdo o cualquier párrafo del libro me hace sonreír, y la gente también debe mirarme raro... pero me da exactamente igual. Como al niño. Como a tí.

Me lo he planteado muchas veces, pero siempre acabo volviendo a escribir...

UB dijo...

Me has emocionado.

Margarita dijo...

Los niños, especialmente aquellos con Sd de Down, siempre me han trasmitido una alegrìa especial, gracias por tus palabras.

Miguel Martorell dijo...

Que bueno! siempre me encanta lo que escribe. Estuve ayer leyendo cosas suyas de hace tiempo, y una entrada de septiembre tenia un poema que se llamaba "destino conocido". Me ha gustado tanto que me he puesto, sin pedirle permiso, a darle música con la guitarra, por ahora solo a unos pocos versos. Y en mi opinion no queda mal,pero necesito su permiso para subirlo a mi blog. Un saludo Rodolfo!

Caurana dijo...

Sr. Serrano...esperanzador y digno es saber desde este oeste argentino que aún existe sensibilidad en la gente. Gracias por no hacerme sentir sola en este mundo...lástima que la distancia siempre es tan cruel.
Besísimos

Anónimo dijo...

Vaya si tenemos aquí a un poeta.

Pino dijo...

¿Por qué siempre la inocencia de los niños nos transmite esa felicidad?, probablemente porque hemos olvidado la capacidad de expresarla, de reconocerla y aceptarla cuando nos viene de frente.
No hay mejor forma de ejercitarla que estando rodeada de pequeños y aprender de ellos, tienen mucho que enseñarnos.
Tengo la gran suerte de trabajar con ellos a diario y de poder darles las gracias por todo lo que me recibo de esos locos bajitos (y no tan bajitos). Puedo decir que gracias a ellos llego a casa todos los días llena de felicidad, agotada pero cargada de felicidad para cantar yo también (aunque desafine).

Alicia dijo...

La dulce infancia... ¿dónde quedó? menos mal que de vez en cuando nos bañamos con la risa de los niños, con sus juegos y sus palabras inocentes.
Los niños con Sd. de Down son especialmente cariñosos y espontáneos. Es genial estar cerca de ellos.
Un beso Rodolfo.

Anónimo dijo...

Ya no pasa un día sin leerte. Te descubrí en el concierto de tu hijo en Alcobendas. Hoy me has recordado mi vida de hace muchos años, yendo a una horrible oficina, por las mañanas,en el metro de madrid, sórdido, somnoliento, a las 7 de la mañana, cada día un "tontito" se tiraba pedos en el andén y comía pan. Me hacía sonreir. Cuando dejé de verle le eché de menos. Le he recordado muchas veces.Hoy me lo has traído tú y tu historia. Encantada de haberte conocido.

.JL. en los afelios dijo...

siempre me produces un escalofrío en los brazos y una sonrisa en la boca.

Aunque solo cuentes algo,
aunque no te esfuerzes,
lo logras.

Y yo me descubro ante usted.

Un abrazo...

ilsa dijo...

Y lo mejor es que esa felicidad que tú has sentido eres capaz de trasmitírnosla. Bueno, de eso se trata ¿no? Aunque no todos lo consiguen.

Bendita infancia y bendita inocencia. Ayer mi sobrina de 3 añitos me preguntó: "¿Por qué los animales no tienen apellidos"? Imagina mi sonrisa.

difistinto dijo...

Yo a veces me invento historias cuando recuerdo sonriendo historias como la de ese pequeño gran heroe del tren.
Siempre me sorprende que no los acompañemos cantando pero mas que encontrar quien lo expresa dandole un protagonismo que no necesita conocer,pero que reconoce.

Me ha gustado esta pequeña historia.
Te leo, te sigo y por timidez no te persigo.
Cuidate

Anónimo dijo...

"De poeta e de louco, todos temos um pouco", isto se diz em Portugal.
Bom seria, se tivessemos todos mais de poetas e loucos e não apenas um pouco!
Ao ler estas palavras, veio-me à memória o meu aluno Vasco, também ele portador de Síndrome de Down, com toda a alegria e intensidade que põe em cada nota que canta. A música é, de facto, a sua melhor terapia.
Loucos...poetas...pessoas. Somos todos nós. Ana

maria jose dijo...

Me emociona porque tengo entre mis alumnos a un precioso crío con este problema.Es mi principal motivación cada mañana.Tiene 7 años y está aprendiendo a leer.
Me encanta llevarle de la mano, y me encanta formar parte de su paisaje y de sus referencias.Me reconcilia con la vida y con mi profesión.