De nuevo la muerte en el mar. Titula El País: "La peor tragedia de la inmigración a España". Y habla de tres muertos y medio centenar de desaparecidos ante las costas de Tenerife. Son cifras a las que ya nos acostumbramos, cifras que no dicen nada. tal vez esa mirada perdida que puede apreciarse en la fotografía que acompaña la noticia, sea lo único que humaniza la información. Esa mirada triste, de dolor.
No hay remedio para el hambre, para la miseria, para ese sueño imposible de encontrar el mundo prometido. Una ola de tres metros volcó el cayuco sobrecargado ante los buques de salvamento. Nada tiene sentido. Si Dios existe, se trata de un dios cruel y sin piedad, un dios que juega con sus hijos como jugaba Neptuno con Ulises.
Mañana, a lo mejor, a alguno de los 36 supervivientes podremos verlos vendiendo películas y canciones piratas, explotados por las verdaderas mafias y perseguidos por la policía. O con la navaja de la desesperación en la mano intentado quitarle a cualquiera unas monedas para sobrevivir.
lo vamos asumiendo como un hecho normal. Los naufragios, la muerte son sólo titulares en los periódicos. Tal vez nos arranquen unas frases de condolencia. Un "pobre gente", como mucho. O un peor "nadie les ha llamado. Terrible amnesia. Lo decía Ismael Serrano en aquella Dulce Memoria:
Ríos de humanidad huyendo
del frío y del hambre
sueñan con llegar muy lejos,
quizás solo hasta mañana.
Ya no recuerdas los trenes
que partían de aquí
cargados con tu esperanza
hacia la vieja Alemania.
Se rompen las cáscaras
de nuez contra tus costas.