lunes, 30 de abril de 2007
Una más
Era un repetir y repetir continuamente lo mismo. A esa misma hora, supongo yo, habrán nacido millones de niños en el mundo que no han tenido la suerte de merecer siquiera el mínimo interés. No quiero hacer demagogia. Pero ¿tiene sentido ese despliegue mediático en un país en el que no sabemos cuántos españoles tienen otras ideas, contrarias a la Monarquía?
Es una niña que nace no con un pan debajo del brazo, sino con toda una panadería. Una niña que pasará a vivir de la contribución obligatoria de todos los españoles. El padre aparecía sonriente (normal) y explicaba quehabían decidido que el cordón umbilical se repartiera equitativamente en un banco privado y uno público (qué generosidad).
Me explico: el cordón umbilical depositado en un banco público podrá ser utilizado por el primero que necesite sus células. El banco privado garantizará que sólo el depositario podrá disponer de ellas.
No dijo el feliz padre por qué no hizo lo mismo con el cordón de su primera hija. No lo hizo porque, entonces, sólo se podía depositar en bancos privados. En España no lo podía hacer nadie, salvo algunos privilegiados que, por su situación política o económica están por encima de la ley.
Deseo lo mejor a la niña recién nacida. Y felicidad a sus padres. Y trabajo y salud para criarla. Posiblemente ellos no tengan la culpa del aquelarre mediático creado. Pero no deja de ser obsceno que a quienes no creemos en unos privilegios que la naturaleza no otorga a nadie se nos haya puesto delante de las narices un espectáculo absurdo, digno de una sociedad anclada en el pasado, antidemocrática y rancia.
Lo peor de todo fue el triste espectáculo de la buena gente que, bajo la lluvia, aguantaba lo indecible para ver pasar a personas y personajes cuya utilidad y contribución a la sociedad a mí, al menos, se me escapa.
No importa. Durante unos días los medios de comunicación encontrarán con qué llenar sus espacios en un vomitivo ejercicio de falsedad social. Dios nos salve del Rey.
domingo, 29 de abril de 2007
Sigue la novela (3)
(...)
-Le dispararon antes. Oí perfectamente el tiro, como un petardo, pero más seco -decía una mujer con una bolsa de El Corte Inglés en una mano y un niño de unos tres años en la otra.
-¿Le dispararon?
El policía había preguntado como si la mujer estuviera loca. Un hombre de mediana edad intervino en la conversación:
-Perdone, soy abogado, me llamo Pepe. –el guardia casi se cuadró. Se conoce que lo de abogado impone. Pepe continuó-: Yo también lo vi. Iban dos. El de la derecha fue el que disparó. Sacó la mano por la ventanilla y le disparó. Luego el otro dirigió a propósito el coche hacia él y lo atropelló.
Volví hacia el bar. Rafa se encontraba en la puerta, llamando a su periódico. Un muchacho, pálido y delgado, estaba al fondo de la barra. En el mismo sitio donde yo había estado hacia unos instantes. Sudaba copiosamente y fumaba, tembloroso, un cigarrillo. Si me fijé en él, fue, precisamente, por el nerviosismo que demostraba y por el hecho de que estuviera dentro del local, en mi sitio, mientras la gente había salido a la calle al oír el ruido. No tenía delante consumición alguna, salvo los restos de la mía. No le había visto hasta entonces. Rehuyó mi mirada y se escurrió hacia la salida.
-¿Lo conoces? -pregunté a Tomás.
-Es un pobre desgraciado. Anda metido en... -hizo un gesto muy significativo con el brazo estirado-. No sé qué hacía aquí dentro. No viene nunca. Su ambiente no es éste, precisamente.
Rafa tuvo que marcharse al periódico. Le conté lo que había oído sobre el disparo y me prometió que si averiguaba algo nuevo me lo haría saber cuando nos viéramos más tarde. Me dejó con un nuevo vermú que Tomás, presuroso, había puesto sobre la barra para, según dijo, “pasar el mal trago”. Detalles como ése son los que definen a un tabernero.
Me sentí obligado a llamar a mi periódico y pedí a Tomás que me dejara utilizar el teléfono de baquelita que colgaba de la pared. El periódico no me había dado móvil de empresa y yo no estaba dispuesto a utilizar el mío personal. Mi redactor jefe me pidió media columna.
-Sólo en el caso de que sea un asesinato –me advirtió.
-Coño, ya me contarás, si le pegan un tiro y luego lo atropellan, desde luego no creo que sea una muerte natural, aunque lo natural es que se muera.
Me contestó algo ininteligible y volvió a recordarme que tenía media columna y eso, aclaró, siempre que la crónica de Efe no fuera mejor que la mía. Volví de nuevo al bar. Era ya tarde y pregunté si había por allí cerca algún sitio donde comer. Me dijo que, justo al lado, en el J. Blanco ponían precisamente hoy, miércoles, un cocido a muy buen precio. Le di las gracias, pagué y entré en la taberna de al lado donde fui recibido como si me hubieran estado esperando toda la vida. Madrid, no cabía duda, era mi ciudad.
Comí sólo y desganado. Yo era un hombre con un miedo casi patológico a la soledad. Y, en cuanto tenía ocasión, me hacía acompañar por alguien. Un amigo mío, me decía que no entendía por qué, con tales dependencias afectivas, nunca me había casado y raramente soportaba una relación con una mujer que durase más de tres meses.
-Mira, -le decía yo-, tengo comprobado que la pasión no dura más allá de seis meses, en el
mejor de los casos. Luego, empieza la rutina, el aburrimiento. Yo prefiero acabar cuando todavía hay algo fuerte. Cuando la ruptura duele todavía. El dolor es también bonito. Tiene su belleza.
Mi amigo, en esas ocasiones, terminaba por decirme que, en el fondo, no me faltaba razón, que lo que me pasaba es que era un poeta frustrado y olvidaba hasta la próxima vez sus intenciones de emparejarme con alguna de sus amigas.Salí de comer en paz con el mundo, decidí que, por el momento, ya había echado el día y me en caminé hacia el hotel con el regusto del tocino y la morcilla luchando a muerte con mis jugos gástricos.
sábado, 28 de abril de 2007
Exclusión electoral
He salido a por el pan y los periódicos. Ojeaba El País y El Mundo y ese, me parece a mí, inútil debate sobre permitir o no la participación en las elecciones de ANV. No sé. Es difícil pronunciarse. El corazón me pide estar a favor de que cualquiera pueda presentarse. De hecho hay miles de personas que apoyan estas opciones y su prohibición no impide que existan. Es como negar lo evidente. Lo imposible.
Por otro lado, la verdad es que el pasado de algunas gentes no han impedido su presencia en otras listas electorales. Las listas del PP han sido refugio de muchos que, en el pasado, sirvieron a causas antidemocráticas. Y que conste que no quiero comparar a nadie con nadie. Pero, por ejemplo, me viene a la cabeza el nombre de Manuel Fraga. Fue ministro con Franco. Participó en el Consejo de Ministros que se dio por enterado de la muerte de Julián Grimau. Fue ministro del Interior durante los sucesos de Vitoria. Y que yo sepa, jamás ha pronunciado una sola palabra de arrepentimiento por aquellos crímenes. Incluso ha justificado la dictadura y sus asesinatos.
En buena ley tampoco se le tenía que haber permitido estar en unas listas democráticas. No quiero decir con ello que los que han apoyado el terrorismo gocen de una situación democrática que ellos no toleran. Pero, posiblemente, habría que enfrentarse a este hecho con otro talante. Todos somos iguales ante la ley.
En cualquier caso, ojalá que llegue un día en el que el debate político no tenga que estar necesariamente en si pueden o no presentarse a las elecciones un determinado grupo. Ojalá que llegue ese día en el que lo que de verdad nos preocupe sea la calidad y la oferta de las distintas opciones políticas. Digo yo.
viernes, 27 de abril de 2007
La historia continua (2)
(...)
He de decir que entre los camareros y yo siempre se ha establecido una complicidad y confianza casi instantánea. He sido, a qué negarlo, hombre de barra. Y he preferido el apoyo del mostrador y la charla con los camareros a las mesas de los rincones y los asientos mullidos. Así me ha ido, he de confesarlo. Y en muchas ocasiones pienso que la actitud de huida que a la segunda cita suelen adoptar conmigo los seres de género femenino tiene mucho que ver con esta irremediable manía mía de las amistades de taberna.
Yo me había acomodado en el rincón más recogido de la barra y, tras limpiarme los labios, me dispuse a estudiar –por interés puramente periodístico- el local. Tapizando prácticamente las paredes, había una colección de viejas fotografías, a través de las cuales, podía seguirse la historia y evolución de la ciudad. En un espejo, casi totalmente cubierto de papeles y grabados, había un poster contra la guerra y a la izquierda el maravilloso cartel de Marilyn con las faldas levantadas por el aire del metro de Nueva York. Una hermosísima fotografía de Alfonso representando a una mujer lavando en un barreño en una buhardilla compartía espacio con un retrato de Emiliano Zapata.
Más carteles y un puñado de fotocopias de antiguos grabados de Madrid completaban una decoración que, si no podía calificarse de fashion, sí daba un aire original y un punto ecléctico a la vieja taberna. Las estanterías, de obra, sostenían una variada colección de botellas de licor que, dulcemente, dormían el sueño polvoriento de los años.
Tomás y su hermano Luis tenían perfectamente dividido el trabajo. El primero servía la cerveza y el vermú, mientras Luis preguntaba, amable y gentil, a los clientes qué aperitivo deseaban, a elegir entre aceitunas, champiñones en salsa parecida a la vinagreta –los probé, naturalmente- y pinchos de anchoa con pepinillo. Pensé, como siempre que salía de Sevilla, por qué los taberneros sevillanos no copiaban de sus colegas de Madrid esa bendita costumbre de ofrecer gratuitamente el aperitivo para acompañar la bebida, siguiendo las sabias enseñanzas del Rey Alfonso X.
(...)
Aquella, pensé para mí, era un auténtica taberna, qué coño. Y pedí otro vermú acompañado de otra aceitosa y reluciente anchoa.
Llegó Rafa a los diez minutos. Era un hombre de hablar rápido y alegre, siempre con un brillo irónico bailándole en los ojos. Hablamos de los viejos tiempos. Para ser exactos, he de decir que lo de los viejos tiempos era más bien por mí. Le sacaba algunos años, aunque siempre nos consideramos de la misma quinta por haber compartido mesa en algún periódico de provincias. El dejó un día Murcia para incorporarse a la aventura de El País y yo me volví a Sevilla, donde conservaba a mis amigos de infancia.
Me puso en antecedentes de lo del convento que, dicho sea de paso, en aquellos momentos me importaba muy poco -a qué engañarnos-, y me explicó que sonaba a culebrón de verano y que estaba seguro de que el Ayuntamiento no iba a dejar que se viniera abajo, con gran decepción de La Razón que ya había iniciado una campaña contra el rojo gobierno municipal, sin corazón, capaz de sepultar bajo toneladas de escombros a unos pobres frailes por el simple delito de no tener la minucia de un papelito amarillo.
-Desengáñate, hombre. En primer lugar, se trata de un convento que está en mejor situación que muchos otros de la ciudad. Y si se derrumba, será dentro de bastantes años, lo que, dada la edad de los frailes, hará difícil en cualquier caso que les caiga encima. En segundo lugar, yo creo que el gerente de Urbanismo, terminará cediendo.
Me habló luego de cosas que para mí eran tan desconocidas como una cuenta corriente de seis dígitos: el pegou, el plan de protección especial del casco histórico y alguna otra cosa que, sinceramente, olvidé al cuarto vermú. De todas formas, me prometió que me acompañaría después hasta el Ayuntamiento y me presentaría a los chicos de Prensa que, estaba seguro, me darían cuanta información necesitara.
A mí el periodismo de investigación nunca me ha parecido serio. Quiero decir lo que en un tiempo se dio en llamar periodismo de investigación y que, en realidad, consiste más bien en clavar un informe, con los mínimos cambios, y esperar a que los interesados, al contestar, alarguen la historia. Pero el caso es que allí estaba yo, en Madrid, con el encargo de hacer periodismo de investigación y trasladar a los lectores la emocionante historia de unos hermanos condenados a un más que improbable martirio burocrático.
Fue en ese momento, mientras yo pedía la cuenta y Tomás me preguntaba cuánto habíamos consumido, cuando escuché el golpe y los gritos en la calle. Dejé a Tomás con la cuenta a medio hacer y me asomé a la puerta del bar. Sólo pude ver un coche desvencijado, blanco sucio, que se perdía calle arriba, hacia la Plaza de los Carros.
En el asfalto quedaba el cuerpo de un hombre en una postura extraña. Intuí, no sé por qué, que estaba muerto. Quiero decir que me imaginé que estaba muerto e hice todo lo posible por no mirar hacia el cadáver en torno al cual la gente se agolpaba, gritando mucho y a la vez.
Alguien debió de llamar a los sanitarios, porque al poco tiempo se presentaron un coche de policía y una ambulancia. Se limitaron a cubrir el cadáver con una de esas mantas plateadas, como de envolver chocolatinas, y, casi inmediatamente, lo subieron al vehículo y se alejaron haciendo sonar las sirenas. Nunca he sabido por qué se empeñan las ambulancias en hacer sonar toda la parafernalia y salir echando leches, cuando al cuerpo que transportan le importa ya muy poco llegar a tiempo a ningún sitio. La policía preguntó a unos y a otros y yo, tal vez por deformación profesional, me acerqué a los corrillos intentando enterarme de algo.
jueves, 26 de abril de 2007
Parte de un relato (1)
La noche anterior tampoco encontré compañía. Así que aquella mañana me levanté sin prisas, utilicé sin agobios el minúsculo cuarto de baño y me preparé con los mismos restos de café de días pasados una taza de agua con un lejano aroma a moka. Fumé un cigarrillo, pensando, como siempre, en el sentido de mi vida y, cogiendo la maleta, me eché a la calle dispuesto a comerme el mundo.
En mi periódico se habían empeñado en que me fuera a Madrid e hiciera uno de esos reportajes humanos, cargado de sentimentalismo y miel, que tanto gustaban a mi director. La historia giraba en torno a unos frailes, hermanos de San Juan de Dios, sobre cuyas tonsuradas cabezas pendía la ruina de su convento si el Ayuntamiento no levantaba la suspensión de las obras iniciadas sin licencia. Sospechaba yo que lo que de verdad quería mi jefe era librarse por unos días de mi presencia, aun a costa de pagarme unas vacaciones -calurosas y no deseadas, por cierto- en la capital de las Españas.
Siempre había dicho que si eres capaz de aguantar un verano en mi pueblo, eres capaz de cualquier cosa. Estaba convencido de que al calor se hace uno. Y suponía que era imposible superar ese calor terrible, opresivo, de las siestas de agosto que de niño había soportado. Me equivoqué. Cuando llegué a Madrid en pleno mes de agosto supe que, para mi desgracia, el calor puede ser peor de lo imaginado.
Lo supe cuando, al abandonar la estación del Ave para coger un taxi, sentí como el calor me envolvía como una cosa viva. Me subía por las piernas, me entraba por el hueco de la camisa y, sobre todo, me caía a plomo sobre la cabeza cada vez -ay- más despoblada.
Era un día luminoso, lleno de esa luz terriblemente hermosa de Madrid. El cielo refulgía como una plancha de metal caliente. A lo lejos, se perfilaba lo que, entre el gris de la contaminación, parecía ser la sierra o unos rascacielos brumosos. No había ni una nube y el aire, muy escaso, rozaba caliente las árboles del paseo del Prado.
El taxi me llevó hasta un pequeño hotel, casi familiar, no muy lejos del Ayuntamiento. Una muchacha rubia, algo entrada en carnes, me sonrió y me dio la llave de la habitación.
-Si quiere, lo acompaño.
-Deje, ya me apaño yo –contesté, seguro de que en aquella oferta no había ni la más mínima intención. Subí. Abrí la ventana. Dejé la bolsa con las cuatro mudas que, tras mucho rebuscar, había reunido antes de salir de viaje y eché una mirada a la habitación.
El cuarto era pequeño. Muy pequeño, a qué vamos a engañarnos. Casi toda su superficie la ocupaba una amplia cama de matrimonio que, me temía, terminaría siendo un desperdicio, dada mi inexistente vida sexual. Y eso que, desde la puerta, con un poco de suerte, podía caer directamente sobre el colchón en el caso, muy hipotético, de que consiguiera convencer a alguien de las maravillas de mi compañía.
Deshice mi maleta. Colgué primorosamente mis tres mejores camisas de verano –eran también las únicas- en unas perchas de alambre y miré, absolutamente arrobado, el gotelé amarillo huevo de la habitación. A punto de perder el sentido, respiré hondo, abrí la puerta, salí al descansillo, cerré de un golpe seco y me lancé escaleras abajo hacia la calle.
Callejeé sin rumbo, deteniéndome arrobado ante cualquier escaparate que llamara mi atención. Es decir, ante todos. Me encontré en la Cava Baja y rebusqué entre mis recuerdos aquellas tiendas de esparto, las cacharrerías que habían despertado mi asombro cuando, de niño, venía con mi madre al médico. Sólo encontré una. Alguna extraña revolución había echado abajo a todos aquellos artesanos que, a la vista estaba, habían sido reconvertidos por obra y gracia de los cursos del INEM en honestos y sabios taberneros. En una esquina unos niños devoraban unos gigantescos sorbetes que, por un instante, trajeron un cierto alivio, si bien puramente psicológico, a mi torturado cuerpo.
Sudoroso, aunque con el ánimo dispuesto, llegué al bar Tomás, local en el que -se decía- servían el mejor vermú de la ciudad. No sé si era el mejor, pero pensé en las cervezas y bendije mentalmente al señor Mahou que tanto y tan generosamente se preocupaba por apagar la sed de los españoles.
miércoles, 25 de abril de 2007
Una definición de mi pueblo
He comprado la recopilación, en barato, que han hecho de Paracuellos, las historietas en las que Carlos Giménez cuenta sus recuerdos de infancia en un colegio del Auxilio Social. Brutales y amargas. Cuesta trabajo imaginarse hoy algo así. Pero, no. No es verdad. A veces los periódicos te traen noticia de casos semejantes.
El libro de Carlos Giménez me ha llevado a algunos recuerdos de infancia. No sé por qué me viene a la memoria continuamente una foto en la que estábamos mis hermanos y yo, con cuatro o seis años. Estamos mas chulos que un ocho. Yo, creo recordar que era yo, con el brazo escayolado, en cabestrillo, con una chaquetilla que me quedaba grande. Mi hermano, a mi lado, está en actitud pícara, con un tirante que le cruza de lado a lado el pecho y unos pantalones que se adivinan de otro hermano mayor.
Tenemos aire de felices. Somos niños felices. Y es cierto, yo me recuerdo feliz. Jugando. Jugábamos mucho. Mi padre no nos dejó nunca ir a trabajar. Y ni mis hermanos ni yo tuvimos que ganarnos el pan hasta que no tuvimos una cierta edad: los 14 o 16 años. No sé cómo se apañaba el pobre con su sueldo de albañil y sus seis hijos. Pero tirábamos p'alante.
Bueno, sé cosas. Por ejemplo: mi padre, por la noche, cogía la bicicleta y se marchaba. Volvía hacia las dos o las tres. Traía en el transportín de la bici una banasta llena de uvas y de higos. Mi padre no tenía tierras, con que...
Nos decía que nos lo comiéramos en casa, que no saliéramos a la calle con el racimo de uvas o el puñado de higos porque la gen te podía preguntarse de dónde lo habíamos sacado. Eramos felices. Tuvimos muy pocos juguetes, pero mucha imaginación. Recuerdo que yo dibujaba en una madera un revolver que sacábamos de los tebeos, con su tambor, su punto de mira, todo. Y mi padre, cuidadosamente, cuando venía de trabajar, nos lo recortaba con un serrucho.
Tuvimos los mejores colts, las mejores espadas. Los demás chicos querían otras iguales, pero sus padres no tenían ni la habilidad ni la paciencia del nuestro. A mi primo que era el hijo del médico, las pistolas se las hacía también mi padre porque prefería las de madera recortada que las de plástico que entonces empezaban ya a popularizarse.
De mi tío el médico -estaba casado con una hermana de mi madre- recuerdo anécdota muy divertidas. Era un cordobés amable y simpático. De él ha quedado la mejor definición de mi pueblo. Cuando yo fui un poco mayor, y ante una ola de "lujuria" que recorrió el pueblo (es broma, pero la verdad es que había muchos líos), mi tío dijo: "Lo que ocurre es que en este pueblo sólo hay dos pasiones: joder y pescar.... Y no hay río". Era magnífico.
martes, 24 de abril de 2007
Intimidad
Los periodistas también son profesionales -o deberían serlo-, al margen de su vida privada que, por cierto, raramente se pone en la picota. Anoche en la cadena pública, TVE, se dio nuevamente una imagen descarnada y cruel de lo que puede hacerse con un micrófono en la mano.
La artista cantaba en Madrid. Los periodistas la esperaban en la estación. Pero no era para preguntarle por su concierto. Le preguntaban sobre su opinión en torno a unas imágenes de su hijo entrando en un puticlub y que iban a salir en una cadena de televisión. Si ya es una intromisión en la vida privada que te graben entrando en cualquier local, me parece tremendo que pregunten a una madre por ello. ¿Qué esperaban que dijera?
Así que ocurrió lo obvio. Ni el hijo ni ella contestaron a las preguntas que, una y otra vez, les hacían los aguerridos reporteros. En una escena agobiante, los profesionales periodistas les metían el micrófono e intentaban alguna respuesta. Ellos insistían en que no tenían nada que decir. Hasta que llegó un momento en que la tonadillera apartó de un manotazo una cámara que se le echaba encima.
Se estableció entonces un rifirrafe entre la muchacha que llevaba la cámara y la cantante que insistía en que no la grabaran y la chica que decía indignada que no la golpeara. Lo peor fue oír a la presentadora del programa que aseguraba, muy seria, algo parecido a que parecía increíble que Isabel Pantoja hubiera perdido los nervios, que no quisiera contestar a los deslices de su hijo y que hubiera agredido a los periodistas.
Me parece tremendo que una televisión pública haga gala de su desprecio por la intimidad de las personas -al margen de cómo sean o se comporten- y creo injusto que se critique a una madre por no querer entrar a contestar a las sórdidas acusaciones que hacen de su hijo.
Todo el mundo es dueño de sus silencios. Isabel Pantoja, también. Y un hombre, como el hijo de la tonadillera, mayor de edad, saber y gobierno tiene perfecto derecho a ir donde le dé la gana a tomar una copa, a acostarse con una señora o a gastarse su dinero.
No vale decir que son personajes públicos porque, según ese criterio, el señor Aznar, el señor Rodríguez Zapatero o cualquier persona de la vida política o cultural también lo son. Ni tampoco -que no sé si es el caso- se puede argumentar que, en otras ocasiones, han buscado a los medios: cada uno vende de sí mismo lo que quieran comprarle y tiene perfecto derecho a no vender lo que no quiere vender.
En fin. Es un tema viejo que, no por conocido, deja de sorprenderme. Tal vez lo más oscuro de esta historia sea que se gaste dinero público en sacar lo más feo de una sociedad que, hace ya tiempo, ha hecho de la intimidad objeto de consumo.
domingo, 22 de abril de 2007
Memoria
Era gente extraordinaria, con años de sufrimiento a sus espaldas. Y la mayoría de ellos no guardaba ni un mínimo rencor por todo lo que habían pasado. Estaban convencidos de que habían hecho lo que tenían que hacer y aseguraban que volverían a hacer lo mismo. Gentes que no habían podido ir a una universidad, que apenas habían conocido a sus hijos, que a veces ni siquiera habían conocido el amor de una mujer.
Recuerdo a uno de ellos. Se llama Manolo Amor Deus. Sé que ahora esta enfermo, grave. Manolo era de CC OO. Trabajaba en los astilleros, en Vigo. Un día encontraron un panfleto en uno de los barcos que estaban construyendo. Como era un buque de la Armada, lo juzgaron en tribunal militar. Lo condenaron a siete años.
Estando en la cárcel, una vez que su mujer venía con el hijo pequeño a verle, un automóvil atropelló al pequeño y lo mató. Se enteró por sus compañeros y el comandante de la prisión no le dejó ir al entierro del hijo. Cuando llegó la amnistía, al ser condenado militar no le tocó amnistía alguna y se chupo los siete años en prisión-
Cuando salió, se encontró una tarde al comandante que le había torturado de aquella manera en la cárcel. Me contó que fue hacia él, con toda la furia estallándole en el pecho. Y, cuando estaba a su lado, lo único que vio fue a un pobre viejo que apenas si podía caminar. "Fíjate, Rodolfo", me dijo, "no le dije nada. Me aparté y le dejé pasar.
Manolo Amor está enfermo, ya digo. Y para él ya no es esta ley. Ya nada puede devolverle al hijo, además de que sólo afecta a los represaliados en la Guerra Civil. De ellos conocí a muchos. Algunos ya han muerto. Han muerto sin que nadie les reconozca todo lo que hicieron lo que sufrieron por ser fieles al Gobierno legítimamente constituido.
Llega todo tarde. Y la memoria sólo sirve para que mantengamos vivo su recuerdo, no para compensarles de nada. Hoy parece que el único temor es que pidan indemnizaciones. Pobres viejos. ¿Quién les va a compensar por los años perdidos, por las risas de los hijos que no oyeron, por aquellos primeros pasos que no vieron , por los besos de amor que nunca recibieron?
Las leyes no saben de sentimientos. Las leyes nunca tienen alma. Sirven solo para lavar conciencias. y, a veces, ni eso.
Al otro lado del mar
Recuerdo con especial emoción Las callecitas de Buenos Aires. El sol del otoño argentino, las calles iluminadas, las casitas pintadas de Caminito. Los restaurantes. Los amigos de allá. Las conversaciones. El dulcísimo acento de los argentinos, la cerveza bebida en un bar, la niña que en Florida, sentadita en una silla, tocaba un acordeón.
Recuerdo la Patagonia, su inmensidad. Los largos caminos, la hierba. El refugio imposible de El Fin del Mundo. Las lecturas de los gauchos, las haciendas, la música de Larralde.
Recuerdo Montevideo, la Guitarra Negra de Zitarrosa. Mi amiga de Montevideo, el café donde charlamos con su niño. El periodista medio loco que me pidió una entrada para ver a Ismael. Los amigos de mi hijo, Néstor y los demás. El medio y medio, bebido antes de comer en el Mercado. Las viejas librerías.
Fueron días de paz. tal vez por eso lo recuerdo con especial cariño, aunque sea una mirada de paso que no me dejó entrar en sus problemas, en sus preocupaciones. Pero en noches así, me gustaría estar allá. Y levantarme temprano para recorrer sus ciudades. Y oír hablar con otro acento. Y sentarme en un café, sin hacer nada. Como si estuviera en Madrid. Como si todo el futuro fuera esperar algo, mirar como pasa la gente con su vida a cuestas.
Y sentirme uno más. Allí. Perdido.
Violencia
Mariano Rajoy no contestó a la pensionista sobre su salario. Cada uno es muy dueño de mantener en secreto sus percepciones y su situación económica. Lo que no entiendo es por qué se niega a decirlo. ¿Tiene miedo a que lo consideren escandaloso? ¿Un toque de pudor ante los 300 euros de la señora que le preguntó?
Sea como fuere, me parece absurdo que haya iniciado él mismo una polémica que tampoco tiene demasiado sentido. El que se dedica a la cosa pública sabe que tiene el techo de cristal y tiene, en consecuencia, su vida a la vista. Pero allá él.
Leo que los americanos están levantando un muro en Bagdad para separar a unos irakíes de otros. Tendrá cinco kilómetros y trata de impedir que los coches bombas circulen libremente. Nuevos getos en un mundo sufriente.
La pax americana será al final la paz de la exclusión, la de los muros y las fronteras. El daño hecho a Irak es ya irreparable. El daño hecho al mundo, al ser humano, tiene todavía muchas posibilidades de aumentar y crecer.
Temo que dentro de poco no encontremos ese rincón capaz de darnos refugio. No hallaremos donde escondernos. La violencia corre más que un caballo desbocado. Entra en los campus de Estados Unidos, en la Nasa, en la Estación Príncipe Pío y dentro de los hogares.
¿Dónde huir entonces? Siempre quedará un a canción, tal vez. Un libro de poemas. La sonrisa de alguien. Es mejor pensarlo.
viernes, 20 de abril de 2007
Los sueldos de sus señorías
1. Todas las percepciones incluidas en este apartado están sometidas al régimen general de retención y tributación fiscales
2. Asignación constitucional idéntica para todos los Diputados: 3.020,79 € mes.
3. Complementos mensuales por razón del cargo:
a) Presidente.
- Complemento miembro de Mesa: 3.483,46 €
- Gastos de representación: 3.782,76 €
- Gastos libre disposición: 3.101,53 €
b) Vicepresidentes.
- Complemento miembro de Mesa: 1.328,06 €
- Gastos de representación: 1.109,84 €
- Gastos libre disposición: 776,35 €
24/01/07
2
c) Secretarios.
- Complemento miembro de Mesa: 1.036,99 €
- Gastos de representación: 898,62 €
- Gastos libre disposición: 743,69 €
d) Portavoces.
- Gastos de representación: 1.911,71 €
- Gastos libre disposición: 1.017,03 €
e) Portavoces adjuntos.
- Gastos de representación: 1.529,38 €
- Gastos libre disposición: 711,16 €
f) Presidentes de Comisión.
- Gastos de representación: 1.536,56 €
g) Vicepresidentes de Comisión.
- Gastos de representación: 1.123,43 €
h) Secretario de Comisión.
- Gastos de representación: 748,96 €
i) Portavoz de Comisión.
- Gastos de representación: 1.123,43 €
j) Portavoz adjunto de Comisión.
- Gastos de representación: 748,96 €
III. Indemnizaciones y ayudas
1. Además de las percepciones individuales correspondientes a la asignación constitucional, los Diputados tienen derecho a “las ayudas, franquicias e indemnizaciones por gastos que sean indispensables para el cumplimiento de su función” (8.2 RCD).
2. Entre los conceptos incluidos en dicho precepto pueden destacarse los siguientes:
A) Indemnización
Con este concepto, que tiene una cuantía mensual de 1.762,18 € para los Diputados de circunscripciones distintas a Madrid y de 841,12 € para los electos por Madrid, los parlamentarios deben de afrontar los gastos de alojamiento y manutención en la capital que origine la actividad de la Cámara. Es una cantidad dedicada, pues, a cubrir gastos y por ello exenta de tributación de acuerdo con lo previsto en el art. 16.2 b) de la Ley 40/1998 de 9 de diciembre.
B) Transporte
1. El Congreso de los Diputados cubre los gastos de transporte en medio público (avión, tren, automóvil o barco) de los Diputados.
Se trata de un reembolso de gasto, es decir, no se facilita una cantidad al parlamentario, sino que se le abona directamente el billete a la empresa transportista. Excepción hecha, claro está, del
uso del propio automóvil, en cuyo caso y previa justificación, se abona 0,25 € por kilómetro.
2. A partir del mes de mayo de 2006 la Cámara facilita a cada Diputado que no dispone de vehículo oficial una tarjeta personalizada que permite abonar el servicio de taxi en la ciudad
de Madrid. La disponibilidad de dicha tarjeta tiene un límite mensual de 250 €.
C) Dietas
A partir del 1 de enero de 2006, la cuantía de las dietas devengadas por los desplazamientos que los Diputados realizan en misión oficial se cifran en 150 € por día en el supuesto de desplazamientos al extranjero, y 120 € diarios en el de viajes dentro del territorio nacional.
Para hacer un cálculo exacto hay que ir sumando las distintas percepciones. Por cierto es raro el diputado pelao. Hasta se les paga el taxi. Su dignidad les impide ir en metro.
Y sobre pensiones dice:
Tendrán derecho a obtener la pensión parlamentaria los ex-parlamentarios que hayan tenido la condición de Diputados o de Senadores durante al menos siete años.
Ejercicio: comparar con el sueldo de cada uno.