viernes, 27 de abril de 2007

La historia continua (2)

Atendiendo algunas peticiones, allá va continuación novela. Gracias a todos:

(...)

He de decir que entre los camareros y yo siempre se ha establecido una complicidad y confianza casi instantánea. He sido, a qué negarlo, hombre de barra. Y he preferido el apoyo del mostrador y la charla con los camareros a las mesas de los rincones y los asientos mullidos. Así me ha ido, he de confesarlo. Y en muchas ocasiones pienso que la actitud de huida que a la segunda cita suelen adoptar conmigo los seres de género femenino tiene mucho que ver con esta irremediable manía mía de las amistades de taberna.

Yo me había acomodado en el rincón más recogido de la barra y, tras limpiarme los labios, me dispuse a estudiar –por interés puramente periodístico- el local. Tapizando prácticamente las paredes, había una colección de viejas fotografías, a través de las cuales, podía seguirse la historia y evolución de la ciudad. En un espejo, casi totalmente cubierto de papeles y grabados, había un poster contra la guerra y a la izquierda el maravilloso cartel de Marilyn con las faldas levantadas por el aire del metro de Nueva York. Una hermosísima fotografía de Alfonso representando a una mujer lavando en un barreño en una buhardilla compartía espacio con un retrato de Emiliano Zapata.

Más carteles y un puñado de fotocopias de antiguos grabados de Madrid completaban una decoración que, si no podía calificarse de fashion, sí daba un aire original y un punto ecléctico a la vieja taberna. Las estanterías, de obra, sostenían una variada colección de botellas de licor que, dulcemente, dormían el sueño polvoriento de los años.

Tomás y su hermano Luis tenían perfectamente dividido el trabajo. El primero servía la cerveza y el vermú, mientras Luis preguntaba, amable y gentil, a los clientes qué aperitivo deseaban, a elegir entre aceitunas, champiñones en salsa parecida a la vinagreta –los probé, naturalmente- y pinchos de anchoa con pepinillo. Pensé, como siempre que salía de Sevilla, por qué los taberneros sevillanos no copiaban de sus colegas de Madrid esa bendita costumbre de ofrecer gratuitamente el aperitivo para acompañar la bebida, siguiendo las sabias enseñanzas del Rey Alfonso X.

(...)

Aquella, pensé para mí, era un auténtica taberna, qué coño. Y pedí otro vermú acompañado de otra aceitosa y reluciente anchoa.

Llegó Rafa a los diez minutos. Era un hombre de hablar rápido y alegre, siempre con un brillo irónico bailándole en los ojos. Hablamos de los viejos tiempos. Para ser exactos, he de decir que lo de los viejos tiempos era más bien por mí. Le sacaba algunos años, aunque siempre nos consideramos de la misma quinta por haber compartido mesa en algún periódico de provincias. El dejó un día Murcia para incorporarse a la aventura de El País y yo me volví a Sevilla, donde conservaba a mis amigos de infancia.

Me puso en antecedentes de lo del convento que, dicho sea de paso, en aquellos momentos me importaba muy poco -a qué engañarnos-, y me explicó que sonaba a culebrón de verano y que estaba seguro de que el Ayuntamiento no iba a dejar que se viniera abajo, con gran decepción de La Razón que ya había iniciado una campaña contra el rojo gobierno municipal, sin corazón, capaz de sepultar bajo toneladas de escombros a unos pobres frailes por el simple delito de no tener la minucia de un papelito amarillo.

-Desengáñate, hombre. En primer lugar, se trata de un convento que está en mejor situación que muchos otros de la ciudad. Y si se derrumba, será dentro de bastantes años, lo que, dada la edad de los frailes, hará difícil en cualquier caso que les caiga encima. En segundo lugar, yo creo que el gerente de Urbanismo, terminará cediendo.

Me habló luego de cosas que para mí eran tan desconocidas como una cuenta corriente de seis dígitos: el pegou, el plan de protección especial del casco histórico y alguna otra cosa que, sinceramente, olvidé al cuarto vermú. De todas formas, me prometió que me acompañaría después hasta el Ayuntamiento y me presentaría a los chicos de Prensa que, estaba seguro, me darían cuanta información necesitara.

A mí el periodismo de investigación nunca me ha parecido serio. Quiero decir lo que en un tiempo se dio en llamar periodismo de investigación y que, en realidad, consiste más bien en clavar un informe, con los mínimos cambios, y esperar a que los interesados, al contestar, alarguen la historia. Pero el caso es que allí estaba yo, en Madrid, con el encargo de hacer periodismo de investigación y trasladar a los lectores la emocionante historia de unos hermanos condenados a un más que improbable martirio burocrático.

Fue en ese momento, mientras yo pedía la cuenta y Tomás me preguntaba cuánto habíamos consumido, cuando escuché el golpe y los gritos en la calle. Dejé a Tomás con la cuenta a medio hacer y me asomé a la puerta del bar. Sólo pude ver un coche desvencijado, blanco sucio, que se perdía calle arriba, hacia la Plaza de los Carros.

En el asfalto quedaba el cuerpo de un hombre en una postura extraña. Intuí, no sé por qué, que estaba muerto. Quiero decir que me imaginé que estaba muerto e hice todo lo posible por no mirar hacia el cadáver en torno al cual la gente se agolpaba, gritando mucho y a la vez.

Alguien debió de llamar a los sanitarios, porque al poco tiempo se presentaron un coche de policía y una ambulancia. Se limitaron a cubrir el cadáver con una de esas mantas plateadas, como de envolver chocolatinas, y, casi inmediatamente, lo subieron al vehículo y se alejaron haciendo sonar las sirenas. Nunca he sabido por qué se empeñan las ambulancias en hacer sonar toda la parafernalia y salir echando leches, cuando al cuerpo que transportan le importa ya muy poco llegar a tiempo a ningún sitio. La policía preguntó a unos y a otros y yo, tal vez por deformación profesional, me acerqué a los corrillos intentando enterarme de algo.

8 comentarios:

Margarida dijo...

Que realidad tan urbana tienes...de repente me recordó a "La extraña pareja"..porfa, no sigas relatando así los sabores de Tomás que los echo mucho de menos, tengo la boca hecha agua..como sigas así, me pillaré un avión este domingo para ir a tomar el vermut a Madrid. Aunque suene a coña, hubo algún snob que lo hizo durante un tiempo.
La verdad que el hecho de conocer el local, y a los dos hermanos, le da un valor añadido al relato...único. No sé me siento "privilegiada" por haber sido testigo de ese paréntesis en el tiempo que es Casa Tomás.

txilibrin dijo...

¡Uuuuuuuuuuhmmmm!
Me ha sabido rica (sobre todo porque ya es la hora de comer).
¡Y encima ahora sí que se pone interesante! Quiero decir, que ya tenemos caso.
Muchas gracias por seguirlo compartiendo con nosotros.
Un beso

Anónimo dijo...

Sigue escribiendo, que es lo tuyo, ya estoy atrapada en esas historias.Me transporta a Madrid, no conocí casa Tomás, pero sí casa Antonio, y me encanta la barra. Un beso fuerte y adelante, que tu no te retirarás nunca!!!.ANA

Anónimo dijo...

Gracias por acercarme a casa Tomás,casi he sentido el olor de las anchoas al sentarme en la barra del bar con tu personaje.NO se si aún existe la taberna,de todas formas estoy segura de que la conoceré bien,a través de tu novela.Gracias de nuevo.

Un beso desde Valencia

TVG.

sibila dijo...

las tabernas y sus habitantes es todo un mundo! Conozco lugares similares a los de Tomás y siempre me ha gustado el encanto que desprenden.

Por cierto, los toques policiacos logran que quiera saber más cosas del tipo muerto...

Esperaremos impacientes que salga la novela.

Besos

Núria dijo...

Va pintando bien :)

ivan (paranoico) dijo...

Si.. ahora, no se si sea el inicio de la novela o no.. pero aqui es donde empieza a aumentar el interes por conocer mas de la historia.. engancha..

Cata dijo...

y? quien es el muerto... no serás tan cruel de dejarnos a medias, no? . Un abrazo