jueves, 26 de abril de 2007

Parte de un relato (1)

Me apetece pasar a este blog algunos trozos de la novela que ando escribiendo. Me interesa saber qué piensan los amigos de ella. Allá van algunas líneas.

La noche anterior tampoco encontré compañía. Así que aquella mañana me levanté sin prisas, utilicé sin agobios el minúsculo cuarto de baño y me preparé con los mismos restos de café de días pasados una taza de agua con un lejano aroma a moka. Fumé un cigarrillo, pensando, como siempre, en el sentido de mi vida y, cogiendo la maleta, me eché a la calle dispuesto a comerme el mundo.

En mi periódico se habían empeñado en que me fuera a Madrid e hiciera uno de esos reportajes humanos, cargado de sentimentalismo y miel, que tanto gustaban a mi director. La historia giraba en torno a unos frailes, hermanos de San Juan de Dios, sobre cuyas tonsuradas cabezas pendía la ruina de su convento si el Ayuntamiento no levantaba la suspensión de las obras iniciadas sin licencia. Sospechaba yo que lo que de verdad quería mi jefe era librarse por unos días de mi presencia, aun a costa de pagarme unas vacaciones -calurosas y no deseadas, por cierto- en la capital de las Españas.

Siempre había dicho que si eres capaz de aguantar un verano en mi pueblo, eres capaz de cualquier cosa. Estaba convencido de que al calor se hace uno. Y suponía que era imposible superar ese calor terrible, opresivo, de las siestas de agosto que de niño había soportado. Me equivoqué. Cuando llegué a Madrid en pleno mes de agosto supe que, para mi desgracia, el calor puede ser peor de lo imaginado.

Lo supe cuando, al abandonar la estación del Ave para coger un taxi, sentí como el calor me envolvía como una cosa viva. Me subía por las piernas, me entraba por el hueco de la camisa y, sobre todo, me caía a plomo sobre la cabeza cada vez -ay- más despoblada.

Era un día luminoso, lleno de esa luz terriblemente hermosa de Madrid. El cielo refulgía como una plancha de metal caliente. A lo lejos, se perfilaba lo que, entre el gris de la contaminación, parecía ser la sierra o unos rascacielos brumosos. No había ni una nube y el aire, muy escaso, rozaba caliente las árboles del paseo del Prado.

El taxi me llevó hasta un pequeño hotel, casi familiar, no muy lejos del Ayuntamiento. Una muchacha rubia, algo entrada en carnes, me sonrió y me dio la llave de la habitación.

-Si quiere, lo acompaño.

-Deje, ya me apaño yo –contesté, seguro de que en aquella oferta no había ni la más mínima intención. Subí. Abrí la ventana. Dejé la bolsa con las cuatro mudas que, tras mucho rebuscar, había reunido antes de salir de viaje y eché una mirada a la habitación.

El cuarto era pequeño. Muy pequeño, a qué vamos a engañarnos. Casi toda su superficie la ocupaba una amplia cama de matrimonio que, me temía, terminaría siendo un desperdicio, dada mi inexistente vida sexual. Y eso que, desde la puerta, con un poco de suerte, podía caer directamente sobre el colchón en el caso, muy hipotético, de que consiguiera convencer a alguien de las maravillas de mi compañía.

Deshice mi maleta. Colgué primorosamente mis tres mejores camisas de verano –eran también las únicas- en unas perchas de alambre y miré, absolutamente arrobado, el gotelé amarillo huevo de la habitación. A punto de perder el sentido, respiré hondo, abrí la puerta, salí al descansillo, cerré de un golpe seco y me lancé escaleras abajo hacia la calle.

Callejeé sin rumbo, deteniéndome arrobado ante cualquier escaparate que llamara mi atención. Es decir, ante todos. Me encontré en la Cava Baja y rebusqué entre mis recuerdos aquellas tiendas de esparto, las cacharrerías que habían despertado mi asombro cuando, de niño, venía con mi madre al médico. Sólo encontré una. Alguna extraña revolución había echado abajo a todos aquellos artesanos que, a la vista estaba, habían sido reconvertidos por obra y gracia de los cursos del INEM en honestos y sabios taberneros. En una esquina unos niños devoraban unos gigantescos sorbetes que, por un instante, trajeron un cierto alivio, si bien puramente psicológico, a mi torturado cuerpo.

Sudoroso, aunque con el ánimo dispuesto, llegué al bar Tomás, local en el que -se decía- servían el mejor vermú de la ciudad. No sé si era el mejor, pero pensé en las cervezas y bendije mentalmente al señor Mahou que tanto y tan generosamente se preocupaba por apagar la sed de los españoles.

17 comentarios:

Margarida dijo...

Jodeeeeerrr!! magistral!!! Cuando se publica si se puede saber?. me acabo de dar un paseo por Madrid sin querer...ay ese vermut de Tomás...Coincido plenamente con lo del calor.Es la misma sensación que tuve yo cuando se me ocurrió ir a Madrid en agosto..acostumbrada a mi brisa atlántica casi me muero!! Oye, lo de la chica rubia entrada en carnes..en quien estabas pensando? casi me di por aludida je je je. En fin, que estoy trabajando y no puedo andar así, pero me inmiscuí tanto en el relato que olvidé que estaba en una librería en el noroeste peninsular. Bicos, MAESTRO!!

txilibrin dijo...

No destilo taaanta emoción como margarida, pero de momento me gusta. Un fragmento no dice mucho, ¿nos pones el libro entero? :P
Fuera de bromas, la verdad es que está muy bien, pero hasta que no me lea el libro entero no te puedo criticar a gusto :D
Un beso, y suerte con la gestación

carmen dijo...

el primer parrafo me recuerda un poco el ritual de casi todas mis mananas :). Me gusta el discurrir del personaje. Ojala y pronto nos muestre mas del relato.
Saludos desde Costa Rica.

la tierra de los sueños inconexos dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
la tierra de los sueños inconexos dijo...

Una conexión de blogs me ha llevado a curiosear en este, y aunque no sé si soy “amiga de ella”, creo que se puede agradecer una opinión objetiva.

Tengo que decir que me he metido en el relato: en este periodista de abstenciones sexuales y amorosas involuntarias, en esa jerarquía laboral que a veces puede dejar en un chiste el calor de agosto de mis Madriles, en ese olor a soledad, en esos buenos recuerdos cuando uno se transporta a la tierna infancia y la pequeña amargura que supone el darte cuenta que ya no volverán ni los hechos ni el entorno.

Enhorabuena por el fragmento, no quiero ni pensar en cómo será la novela...

Meri.

Anónimo dijo...

Me gusta tu forma de describir el personaje y su entorno,ha sido como andar por las calles de Madrid y casi sentir su sofocante calor de agosto en mi cuerpo.¡Enhorabuena! cuando salga la novela ¡Avisa!
Llegué a esta página por caualidad hace cinco días y desde entonces es lo primero que miro cuando me conecto y lo último cuando me desconecto.Me he enganchado a tú forma de contar las cosas es casi, casi,como si fuesen mías.Mas de uno de tus relatos me ha hecho saltar las lágrimas

Besos desde Valencia

Un placer poder leerte

TVG.

sibila dijo...

por el momento suena interesante, un tipo en Madrid para trabajar en Agosto...
Esperemos ver qué le depara a este periodista (me gustan las observaciones que hace)

un saludo

Núria dijo...

Pues para ser un simple fragmento me gusta! :D Es algo dificil escoger un pequeño fragmento de una historia y conseguir crear expectación, interés en los lectores. O almenos a mí me resulta dificil, es lo que tiene ser una escritora frustrada :P
Una cosilla, me da la sensación de que el personaje es algo solitario, quizás por eso inspira ese misterio.
Me gusta :)

Núria dijo...

Me parece muy sugerente: la vida de los periodistas ha servido para escribir tantas historias, me parece una buena idea.

Y tiene un valor añadido, me da la sensación que además va a ser un recorrido sentimental por calles y lugares de Madrid...

Una curiosidad, ¿en qué época está ambientado?

síl dijo...

dan ganas de tener la novela en las manos y seguir leyendo... rezuma cotidianidad, y eso me gusta... madrid y sus garitos... quizás un tipo solo y triste, cansado de tanta soledad acompañada?

no te entretengo más... a trabajar!!! ;)

saludos

Gabriela dijo...

Gracias por el texto, espero la novela... Por ahora, pienso en el personaje en el espacio del bar... Cómo susurrarle al oído que tenga el coraje de emprender una huida. Una huida del jefe, de los frailes y su convento, del solitario colchón que lo espera en Madrid; una huida de sí mismo y del pensar en el sentido de su vida; una huida, con prisa ahora, porque el tiempo no perdona... Espero saber pronto noticias del periodista.

Cata dijo...

Me hice un break para leerte y me gustó, aunque me quedo gusto a poco... me confieso ignorante de tus libros premios (sólo se de la letra de alguna canción) así que a la espera de que se publique, ya veremos como comprarla por internet, porque no creo la mandes a chilito... aunque no estaria mal, tomarse un tiempito, hay más de un lugar que te recomendaría para tomarse un tinto y lanzar una novela... perdón, llevo trabajando muchas horas y me perdí en la emoción...publica otra hoja, para ver si al menos este periodista utiliza el colchón. Un abrazo a la distancia

Cata dijo...

upss, debería decir libros previos y no premios... ya dije que llevaba horas trabajando, disculpen.

ivan (paranoico) dijo...

Leer y lograr percibir y sentir la realidad que relatas.. hace que uno quiera seguir leyendo.. ojala como dijeron arriba, nos pongas el libro entero y asi poder opinar mas a gusto sobre el libro..

Rodolfo Serrano dijo...

Aviso:
Yo no he suprimido la entrada. Ha sido el autor de la misma y no sé por qué ni qué decia.

Rodolfo Serrano dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
la tierra de los sueños inconexos dijo...

No me había vuelto a meter desde que escribí, borré mi entrada y la volví a escribir.

Decía lo mismo, con las mismas palabras. Fue producto de la torpeza lo que me llevó a borrarlo.

Me quedé sorprendida cuando vi que había dejado huella de nada!!!

Meri.