A mis amigos, a todos, los que fueron, los que son
Siempre quise teneros a mi lado,
cerca del corazón y de las manos,
lo mismo que si fuerais el espejo
en que se mira uno en la mañana.
Cerca de la esperanza, amigos viejos,
amigos que conozco en este instante.
Aquellos que me abrís el día y el pecho.
Futuro que se ahoga en mi pasado.
Aprendí de vosotros que hay palabras
que valen lo que vale amigo mío.
El oro de los pobres. El abrazo
que no afloja jamás al despedirnos.
El vasito de vino y el cigarro.
El beso al encontrarnos, la alta noche.
El miedo de no veros. Todo tiene
esa expresión del mundo cuando nace.
Amigos para andar. Para sentarse
cuando la tarde muere y decir cosas
sin valor y sin tiempo, como agua,
lo mismo que la lluvia o que una estrella.
Porque la vida viene con la fecha
de su caducidad perfectamente escrita.
Y, a veces, sois el aire que aún respiro,
la soledad, mi dulce pesadilla..
Os escribo esta carta en esta tarde
sabiendo que tal vez jamás os llegue
la palabra más fuerte que conozco,
el amigos con el que ahora os llamo.
Porque, después de todo, todo queda
en la mano que siempre me acaricia,
en ese corazón que tiene ahora
la sangre que me iguala con vosotros.